miércoles, 27 de diciembre de 2017

Mi oficio de músico y el mercado de la "espiritualidad", la ayawaskha y el "chamanismo" en el mundo moderno


INICIOS
Soy músico, compositor y cantautor y también profesor e investigador de la música tradicional andina y amazónica. Vivo componiendo, tocando, cantando, grabando y enseñando. Tengo música y canciones de diferentes tipos y en diferentes estilos. Tengo también una vasta colección de instrumentos musicales tradicionales, fruto de investigaciones de muchos años y también ofrezco demostraciones, recitales y conferencias sobre esos instrumentos y su función social y ritual en las culturas de donde provienen.
Fui educado en un colegio católico de la ciudad de Lima. Las prédicas de los curas despertaron en mí una profunda religiosidad; pero, a la vez, fueron causa de intensos miedos y sentimientos de culpa y, más tarde, de indomables rebeldías. Cuando terminé mi educación secundaria y salí del colegio me alejé completamente de la iglesia y la religión católica y me identifiqué con ideales de búsqueda de justicia social. Sin embargo, mantuve siempre un gran interés por los mitos, los ritos, los sueños, las escuelas de filosofía, etc. Leí a muchos autores y muchos libros, como Carl Jung, Mircea Eliade, el I Ching, el Tao Te Ching y otros, siendo este último, de los llamados textos sagrados de la humanidad, el que más me impactó.
INMERSIÓN
Por otro lado, desde muy joven, sentí una fuerte atracción por la música tradicional, especialmente la música indígena de mi país. Motivado por ese interés, así como por mi compromiso social, viajé, visité pueblos y comunidades, investigué, estudié, aprendí el idioma quechua, participé en festividades y rituales, recolecté música e instrumentos con los que organicé exhibiciones y hasta abrí un museo, compuse música y canciones y empecé a ser conocido como un especialista en la música andina y amazónica.
En ese camino, me lancé, voluntariamente, a una búsqueda de “inmersión” en la actitud mental, el pensamiento mágico-religioso y las tradiciones y prácticas ceremoniales de las culturas indígenas, en las que la música es un elemento indispensable. En algún momento, en esa búsqueda, tuve experiencias de tomas de plantas psicotrópicas, tanto con "maestros" nativos como con personas y grupos involucrados en “círculos de medicina”, "iglesias nativas", "comunidades ayahuasqueras" y otros que ahora abundan y son parte de una corriente que algunos llaman "neo-chamanismo".
Como producto de esas experiencias con plantas, creí haber encontrado una pieza clave para no solo entender sino sentir y ser capaz de vivir más plenamente mi “inmersión” en lo que creí era el paradigma sobre el cual se fundamentaban las culturas nativas de raíz prehispánica, no solo las andinas y amazónicas sino también las del norte, centro y sur de América, cuya música me interesaba tanto. Creí haber comprendido, finalmente, por qué se observa en ellas una cotidiana y permanente práctica de rituales, tanto personales como colectivos, en relación con la naturaleza, entendida y sentida como un ser y, a la vez, un universo de seres con conciencia, sentimientos y voluntad propia, con quienes el ser humano se puede comunicar. Creí haber vislumbrado de dónde venía ese hábito, ese modo de pensar, de hablar, de actuar y de vivir la vida en dos realidades entrelazadas que podríamos definir como el mundo de lo material y el mundo de los espíritus.
CREATIVIDAD
Además, mis experiencias psicotrópicas estimularon mucho mi creatividad y compuse, en esa etapa, muchas canciones inspiradas en ellas e integré algunas otras, que había compuesto antes, a ese contexto. Así fue que, poco a poco, yo mismo acabé involucrándome en la organización y promoción, tanto de manera personal como, junto con indígenas y no indígenas, dentro de grupos en los que participaba, de sesiones de tomas de plantas y otros rituales tomados de las tradiciones nativas, como ofrendas, oráculos con hojas de coca, baños de sudor, etc., rituales en los que yo compartía mis inquietudes y aventuras creativas, artísticas, musicales y poéticas.
Inesperadamente, en algún momento, mi ingenuidad se dio con la alarmante sorpresa de que mi proceso estaba dejando de ser una aventura únicamente personal. Algunas de mis canciones fueron grabadas, en sesiones de tomas de plantas (sin mi consentimiento y violando mi privacidad y las de los demás presentes), para luego ser publicadas en una página "ayahuasquera" y, de allí, diseminadas por el Internet en donde empezaron a ser conocidas como “recibidas” de los “mundos sobrenaturales” por algún gran “maestro chamán” o “curandero” de la “medicina”. Motivado por una imperante necesidad de ser honesto conmigo mismo y con los demás, yo creí indispensable hacer la aclaración de que yo no era nada de eso y solo era un músico y un cantautor. Sin embargo, eso no sirvió de mucho. Me guste o no me guste, la gente insistía en creer que yo era un "chamán", un “taita”, un “maestro espiritual”.
“DELUSIÓN”
Podría decir muchas cosas sobre ese fenómeno; pero la palabra, en el idioma inglés que siempre viene a mi mente cuando rememoro muchas de las experiencias que tuve, involucrado con esas corrientes “neo-chamánicas”, es la palabra “delusion”, que algunos traducen al español como “delusión” y otros como “delirio” y hasta, con más detalle, cuando se da en contextos religiosos o “espirituales”, como “delirio místico”. No son mis especialidades la psicología ni la psiquiatría; pero, en todo caso, de lo que yo puedo dar testimonio, es de que ese estado mental puede llegar a ser una forma muy peligrosa de autoengaño y, en muchos casos, también de engaño colectivo y hasta puede llevar a la autoaniquilación.
CHAMANISMO
Gracias a mi “inmersión” en las tradiciones indígenas y mis relaciones personales con curanderos y comunidades, yo sabía muy bien que para curar, en la medicina tradicional, no solo bastaba con cantar canciones hipnóticas, tocar música cautivadora, recitar fórmulas misteriosas, o hacer pases mágicos con las manos, la “shakapa” (sonaja o “maraca”), la pluma, la pipa u otros objetos. Los curanderos nativos hacen eso; pero, además, saben muchas cosas prácticas, en el contexto del estadio cultural y el relativo aislamiento y abandono del mundo moderno en el que viven sus comunidades: pueden ayudar a una madre a dar a luz, arreglar huesos rotos o dislocados, curar heridas, saben de las indicaciones y contraindicaciones de las plantas medicinales, saben sobre dietas y ayunos y hasta saben mucho de una especie de “psicología” práctica.
Por otro lado, debo agregar que varias veces fui testigo de cómo los “chamanes” podían tratar de impresionar al no iniciado, ya sea indígena o no indígena y, por ende, naturalmente, al occidental, con discursos sobre “espíritus" y "poderes misteriosos”; pero sabían muy bien que las dosis, las proporciones en la preparación de sus “medicinas”, sus propias habilidades de “performance teatral”, así como la predisposición psicológica de sus pacientes (la “fe”) y muchos otros factores perfectamente comprobables, eran indispensables para la efectividad de sus rituales y curaciones. Y era eso lo que enseñaban a los que habían llegado a los más altos grados de “iniciación” y, por ende, de confianza. Era como verificar una especie de “código de honor” que existía en el “chamanismo”, muy similar al de los magos e ilusionistas del mundo moderno.
Finalmente, algo que se aprende cuando uno se sumerge en estas investigaciones; y lo corroboran también los estudiosos y autores más serios, es que el chamanismo no es una religión ni un “camino espiritual” sino una especie de “tecnología” adaptable a la intención de quien la use y, justamente por eso, no persigue necesariamente un ideal ético ni moral. Los chamanes pueden tener el propósito de curar como también de dañar o hasta de matar y eso es perfectamente conocido y hasta temido por los indígenas, aunque a muchos no indígenas, que los idealizan románticamente, les resulte chocante. Los propios indígenas (en especial mujeres), siempre me dijeron que de cada diez “ayahuasqueros”, nueve son “brujos” y, quizás, uno sea un verdadero curandero.
NEO-CHAMANISMO
Consciente de todo eso, yo no solo sabía muy bien que yo no era ningún "chamán" ni "curandero" sino que, además, no quería serlo. Más aún cuando me veía rodeado de un ejército cada vez más creciente de "neo-chamanes" que compraban ayawaskha y otros agentes psicotrópicos a los indígenas, imitaban pases o gestos “mágicos”, pronunciaban “rezos” que sonaban, supuestamente, “nativos”, pretendían tocar la supuesta y mal llamada “música medicina” con "instrumentos étnicos ancestrales", se aprendían del Internet algunas de las, igualmente, supuestas y mal llamadas “canciones medicina” de moda y las cantaban en sus “ceremonias”, además de que se especializaban en todo tipo de poses con las que impresionaban a sus seguidores y se abrían espacio en el mercado y los movimientos de la “espiritualidad”. En algunos casos, mezclaban todos esos ingredientes con elementos tomados indistintamente de culturas orientales y la llamada "nueva era" o, en otros, con una especie de purismo nativista que rayaba en el fundamentalismo.
Pero lo más doloroso y cuestionable era constatar cómo estos personajes no solamente no curaban sino que, por el contrario, hacían daño, quizás de manera involuntaria e incapaces de darse cuenta de ello; pero hacían daño al fin, no solo a sí mismos sino a sus entornos, sus propias familias y relaciones y hasta a la sociedad, desde sus incautos seguidores y los mal informados consumidores de sus supuestas "medicinas" hasta, incluso, las propias comunidades indígenas que pretendían representar. Por mi parte, yo deploraba y rechazaba todo eso desde lo más íntimo de mi ser y trataba de marcar mi distancia. Pero tampoco servía de mucho.
Son innumerables las historias que podría contar. He visto a mucha gente, en ese confuso mundo de las plantas y las “ceremonias”, tomar decisiones perjudiciales para sus propias vidas y las de quienes los rodeaban, presas de una mentalidad delusiva, delirante, alucinada, obsesiva, monotemática, enajenada y disociada de la realidad. He visto abandonar parejas, familias, hijos, abandonar profesiones, oficios o actividades, a artistas, músicos, fotógrafos, pintores, hasta antropólogos, biólogos, psicólogos y otros científicos, rechazar su arte y su ciencia y anularse del todo, negar su propia identidad y terminar creyéndose llamados a ser “chamanes” o “sanadores espirituales”, a ponerse al “servicio de la medicina”, involucrarse con “tribus”, “sectas”, “cultos”, “círculos”, “comunidades” de “medicina” y en procesos de “entrenamiento” para adquirir “conocimiento” y/o “poder” o “recibir” o “bajar” “música y/o canciones medicina”, “ikaros”, etc., entrando en una espiral imparable que, por supuesto, implica más y más tomas de más y más plantas y otros agentes psicotrópicos, a cual más rebuscado, exótico y espectacular. He visto a personas enfermas y hasta mujeres embarazadas rechazar y abandonar tratamientos o controles médicos por ser “occidentales” y “no naturales” y causarse grave daño a sí mismos y a sus propios hijos. Sé de numerosos casos de inflación del ego, abusos, manipulaciones, sectas, cultos, batallas territoriales por el mercado, envidias, celos, acoso, supuestas “transmisiones de poder” a cambio de favores sexuales, aberraciones, deshonestidad, fraudes, agresiones mutuas, dogmatismo, malversación de financiamientos para supuestas causas nobles y “proyectos”, todo detrás de la seductora máscara del “chamanismo” o la espiritualidad nativa”, la "medicina" y de poses de “sabiduría”, “iluminación”, “elevación" y "maestría”. Hasta he visto a auténticos indígenas vender sus tradiciones y rituales y hasta a comunidades corromperse y rendirse masivamente, con muy pocas honrosas excepciones, ante la tentación del dinero, la fama, los viajes, etc., que se presentaban con la catastrófica llegada del engañoso mercado del llamado "turismo místico". Sé muy bien que, aunque son pocos, hay también quienes están muy preocupados por el alarmante retroceso de las especies nativas de sus hábitats originales, debido a la demanda del mercado de plantas psicotrópicas. Y eso es solamente la punta de un gigantesco iceberg.
“MUNDOS PARALELOS”
Todo esto, me resultaba tan desconcertante que hasta me llevaba a cuestionar, dentro de mí, la cordura y las limitaciones éticas de mi original búsqueda de “inmersión” y la consiguiente experiencia de tener que vivir “entre dos culturas” que de esa “inmersión” resultaba.
Desde mi juventud, yo admiré mucho la vida y la obra del novelista, poeta, ensayista y antropólogo peruano José María Arguedas, gran escritor y defensor de las culturas andinas de mi país; pero sabía también que, entre los factores que le habían llevado a su decisión extrema de suicidarse, estaban las disonancias cognitivas que sufría dentro de sí: lo que él mismo llamaba un “conflicto entre dos mundos” incompatibles e irreconciliables, quizás representados, por un lado, por un pensamiento mágico-religioso y, por el otro, por un paradigma científico, lógico y racional.
Más tarde, supe también de la posibilidad de respuestas oportunistas, como la del famoso Carlos Castaneda, otro antropólogo peruano, que decía haber conocido en sus investigaciones en México a un “brujo yaqui” llamado Don Juan y afirmaba haberse convertido, él mismo, en un “brujo” y, consiguientemente, se dedicó a escribir bestsellers y hacer talleres y cursos de “chamanismo” y rodearse de fanáticos seguidores entre quienes, se practicaban todo tipo de aberraciones, incluyendo un verdadero harem de mujeres sometidas a sus caprichos sexuales, en los EEUU, en la época de la “psicodelia” de los años 60.
En mi caso personal, uno de mis mecanismos de defensa fue intentar asumir, siempre desde la perspectiva de mi “compromiso social”, un rol de simple “traductor” o “puente intercultural” (rol para el que después me enteré de que había quienes usaban el neologismo quechua “chakaruna”, de “chaka” > “puente” y “runa” > “ser humano”).
“TRICKSTER”
Además, durante mi “inmersión”, descubrí una figura arquetípica muy presente en las culturas indígenas, la cual algunos estudiosos llaman la figura del “trickster” o “bufón”. El “trickster” o “bufón” puede ser un personaje de una danza, de un ritual o de un cuento, que es irreverente con la fe y el protocolo y representa el absurdo, la paradoja, la contradicción, la comicidad, el juego, la trampa, la broma, la bufonería, la sátira, el sarcasmo… En las culturas andinas y amazónicas puede ser el mono (k’usillu), el oso (“ukuku”), el “wiraqu”, el “chuto”, el zorro, el “abuelo”, el “kurku” y otros personajes. En la cultura indígena norteamericana Lakota es el “heyoka”, el contrario, el clown. En cada cultura, esa figura arquetípica tiene su nombre y sus particularidades; pero siempre está presente. El “trickster”, observaba yo (y luego encontré que algunos estudiosos también opinan lo mismo), cumple la función de regular el equilibrio entre la fantasía y la lógica, lo “ceremonial” y lo mundano, la magia y la racionalidad y evitar, justamente, la delusión, el delirio místico y los extremos aberrantes.
El refugiarme en el arquetipo del “bufón”, el “trickster”, que no toma nada demasiado en serio, ni siquiera a sí mismo, así como mi esfuerzo por mantenerme fiel a mi rol de “puente intercultural" y a mi compromiso social, me permitieron eludir, al menos por un tiempo, mi propia delusión, el suicidio y la alienación mental del pretendido “maestro” o “curandero” o “chamán”.
CRISIS
Pero, a pesar de mis esfuerzos, el peso de las evidencias, poco a poco se hacía cada vez más insostenible y me fue haciendo dolorosamente consciente de que, a pesar de mis “estrategias” de “chakaruna” o de “bufón”, yo mismo había contribuido a poner a rodar una bola de nieve que se había hecho imparable y, de pronto, comprendí que no podía seguir así, navegando a contracorriente, contra el viento y contra mí mismo. Mis propias disonancias cognitivas y éticas se fueron agudizando y empecé a entrar en contradicciones irreconciliables y virulentos choques frontales con muchas de las personas, grupos y movimientos con los que me había involucrado. Poco a poco, sentí que todos esos conflictos se hacían, cada vez más penosos y extremada y peligrosamente inmanejables y hasta mi salud y mis relaciones se deterioraron. Entonces fue que tomé la decisión radical de detenerme y hacerme a un lado y solamente así, paulatinamente, fui recobrando mi equilibrio y mi cordura, hasta que, felizmente, empecé a alejarme de todo ese tóxico pandemónium. Hoy, finalmente, gracias a ese duro proceso, puedo decir que, paradójicamente, ¡me he “curado” de la enfermedad de “la medicina”!
DESLINDES
Sé que hay quienes dirán que “no entendí el camino”, que “no dí el salto”, que “alcancé mi techo”, que “me dominan mis miedos”, que “debo estar resentido” con ciertas personas con quienes tuve problemas, que son mis “energías negativas”, hay quienes me han dicho, incluso, que “no estoy a la altura de mis propias canciones”, que es mi “ego”. Otros dirán que todo esto es solo “una etapa”, una “crisis depresiva” y que, más bien, debería tomar más plantas para ver si me “curo”. Seguramente habrá también quienes digan que, a pesar de todo, las tomas de plantas y los rituales “chamánicos” les hicieron mucho bien, les cambiaron la vida, que ahí encontraron salvación, curación, liberación, “expansión de conciencia”, etc.; y que hay que ver el lado bueno y no solamente el lado negativo de las cosas. Quizás muchas personas que eran o se habían vuelto escépticas dirán que descubrieron una “fe” o volvieron a ella y consideran que eso le dio o le devolvió un sentido a sus vidas. Yo respeto sus procesos. Solo comparto, desde mi propia experiencia, mi propio testimonio, mi propia evaluación y mis propias conclusiones y decisiones. Sé también que existen, entre muchos sectores de la sociedad, una gran decepción y una creciente desconfianza en la industria farmacéutica, la medicina y los sistemas de salud convencionales y están buscando “medicinas alternativas”. Es un fenómeno que merece ser tomado en cuenta; pero no debería ser utilizado para satisfacer irresponsables intereses y oportunistas motivaciones.
Debo aclarar que soy perfectamente consciente del poder y, si se quiere, de la “medicina” de la música; pero no creo en la moda de la supuesta y mal llamada “música medicina”, corriente que, para ser honestos, debería, simplemente, traducirse como “música al servicio del consumo irresponsable y arrogante de plantas y otros agentes psicotrópicos”. La música, por sí misma, ya induce estados emocionales y mentales y no tiene por qué “justificarse” ni “respaldarse” detrás de etiquetas de “medicina” ni con pases ni poses de  “chamanismo” ni “espiritualidad” ni “tribus” ni “comunidades” o “círculos” “ayahuasqueros” ni de otras “plantas” o “agentes psicotrópicos”. En todo caso, es verdad que los estados alterados de conciencia estimulan la creatividad; pero, en lo que a mí respecta, sin años de investigación, estudio, entrenamiento, dedicación, esfuerzo, disciplina, por más “ayawaskha” u otros agentes psicotrópicos que hubiera consumido, jamás hubiera compuesto nada de mi música ni ninguna de mis canciones.
Debo aclarar, asimismo, que, por supuesto, no niego el derecho de los pueblos originarios a su propia cultura, sus tradiciones y su autodeterminación. He dedicado mi vida a apoyarles en la defensa de ese y otros derechos suyos, así como en el impulso de proyectos de educación intercultural para sus hijos, de desarrollo, de mejoramiento de sus condiciones de salud y alimentación, de investigación, promoción y proyección de su patrimonio musical, sus idiomas y muchos más y lo seguiré haciendo.
Finalmente, tampoco niego que las plantas psicotrópicas, así como el estudio serio y objetivo de la medicina tradicional indígena, el chamanismo y otras manifestaciones culturales puedan ser de beneficio para el mundo moderno; pero opino que son campos que deberían ser investigados desapasionada y, por cierto, objetiva y científicamente por médicos, psicólogos, psiquiatras, neurocientíficos, antropólogos, sociólogos, historiadores y otros especialistas, con fines exclusivamente terapéuticos y no para la promoción de religiones ni neo religiones ni sectas ni cultos, de los cuales ya la humanidad ha tenido más que suficiente, incluyendo, especialmente, a los pueblos y las culturas indígenas. Y esos métodos científicos no deberían ser temidos ni rechazados por los entusiastas de estas “medicinas” porque, de ser realmente efectivas, no las descalificarían sino que, por el contrario, las avalarían ante el mundo.
Mientras tanto, creo que lo más recomendable es tener paciencia y mucha cautela y mantener una prudencial distancia y un estado de alerta para no caer en el juego, la delusión y el delirio que alimentan a uno de los más florecientes y rentables como, a su vez, cuestionables negocios en el mundo moderno.
CONCLUSIONES
Por mi parte, estoy dispuesto, de haber interés o presentarse la ocasión, a discutir, a mis 60 años de edad y después de más de 40 años de investigaciones, “inmersiones” y diversas experiencias con rituales, tomas de plantas y estados alterados de conciencia, la problemática de la música, los músicos y el mercado de la “espiritualidad”, la ayawaskha y otras plantas psicotrópicas, el “chamanismo” y el “neo-chamanismo” en el mundo moderno, el arquetipo del “bufón” o el “trickster”, las culturas indígenas, la interculturalidad, las “inmersiones” y otros temas, a través de conferencias o participando en mesas redondas, encuentros, etc.
Finalmente y, lo más importante, tanto en mi país como en cualquier país del mundo, yo sigo ofreciendo mi arte, como músico, compositor, cantautor, así como investigador y profesor. Puedo ofrecer exposiciones, demostraciones y talleres sobre la música y los instrumentos andinos y amazónicos. Puedo compartir recitales y conciertos con mis canciones y mi música pero, ¡por favor!, ¡no como “chamán” ni “curandero espiritual”!



Lima,16 de febrero de 2017

viernes, 24 de febrero de 2017

La “Chirisuya” ¿Instrumento “Inca” o Morisco?

La “Chirisuya” ¿Instrumento “Inca” o Morisco?


Por: Arturo Enrique Pinto Cárdenas


“Este instrumento se llama "chirisuya". Es un instrumento de los “incas”. Por eso tiene pluma de cóndor. Además, por eso, si eres “chirisuyero” no puedes entrar a la iglesia con el instrumento, si quieres hacerlo tienes que dejar fuera la "chirisuya". Es que todo chirisuyero es medio brujo. Porque es un instrumento del agua, por eso se toca en la “Champería”, en la “Fiesta del Agua”. Si la pluma está seca no suena. También la madera del cuerpo tiene que estar mojada para que suene bien y afine bonito. Porque a la "chirisuya" le gusta el agua y al agua le gusta la "chirisuya". Y para que otro chirisuyero no te haga brujería tienes que “curarla” con ajo, cigarro y anisado. ¿Quieres aprender? Si tú quieres, tú puedes ser mi “hijo”, yo te puedo enseñar. Más tarde vienes a mi casa y vamos a “curar” la “"chirisuya"”. Y, poco a poco, te vas a aprender los “yaravíes” y los “jaillis” que se tocan con la "chirisuya". Hay para la “Partida de la Carrera de Caballos”, hay para la “Llevada de Cruz” y hay también para otras fiestas, hay para los Carnavales, el Año Nuevo. Poco a poco puedes aprender.”
Enseñanzas del Maestro “Chirisuyero” Don Crisanto González, el popular “Cóndor de Karwashayku”, de la Comunidad de San Pedro de Casta, Provincia de Huarochirí, Departamento de Lima.


ORIGEN

La "chirisuya" es un instrumento que, aunque mitológicamente en muchas comunidades indígenas es considerado un “instrumento de los incas”, históricamente proviene de la “chirimía”, un tipo de oboe, aerófono de doble lengüeta, de origen morisco que llegó de España a América y fue adoptado por los indígenas en algunas zonas. A pesar de haber sido un instrumento introducido y popularizado en el Sur de España como producto de la presencia de los musulmanes, se usaba para acompañar procesiones y ritos propios de la fe católica. Llega a las colonias españolas de América y, poco a poco, es asimilado por los indígenas, como producto de la evangelización. Sin embargo, en algún momento, la Iglesia Católica sataniza y prohíbe el uso de la “chirimía”, precisamente, porque, por su origen, se le asociaba con la religión de los moros musulmanes, considerados enemigos de la fe cristiana. La prohibición, obviamente, llegó también a América y la Santa Inquisición se encargó perseguir a los ejecutantes del instrumento como “brujos” y adoradores del diablo.

“ANDINIZACIÓN”

De alguna manera, al ser popularizada entre algunos pueblos indígenas de los Andes, la embocadura del instrumento, que originalmente se hace de dos lengüetas de material vegetal (caña) que vibran al ser sopladas y producen su peculiar sonido, fue modificada y se empezó a usar lengüetas fabricadas de los cañones de las plumas del cóndor. Esta novedad hizo que el instrumento se asocie con el culto a las montañas y, por ende, por ser los nevados y sus lagunas, corrientes de agua y filtraciones, la única garantía de vida para los pueblos andinos, se asoció también con la administración de los reservorios y los canales de regadío y con el culto al agua. El culto al agua es una tradición de origen prehispánico en los Andes y, obviamente, no se celebra con la participación ni la aprobación de la Iglesia Católica. Por eso sobrevivieron, alrededor de ese culto, expresiones culturales y hasta especies de protocolos y rituales secretos y hasta contrapuestos a la fe católica.

CULTO AL AGUA

En Ayacucho, el llamado “bautizo” de los famosos  “Danzantes de Tijeras”, danza de competencia, hasta hoy se practica en Semana Santa, exactamente el Viernes Santo, luego de que Cristo haya muerto en la cruz, precisamente porque, durante esas horas, según se dice, como ha muerto, “no tiene poder”, mientras sí lo tienen los espíritus de las montañas, llamados “Wamani” y de las corrientes de agua y, en especial, las caídas de agua, cascadas o “paqcha”, en donde se realizan los rituales, no solo “bendiciendo” y “curando” las tijeras (láminas metálicas, posiblemente, según algunos estudiosos, inspiradas en los “címbalos” o “crótalos”, discos metálicos tocados con las manos mientras se danza, también de origen morisco) sino dándoles nombres quechuas tanto a los danzantes como a los músicos acompañantes (que tocan la peculiar combinación “arpa y violín”, también instrumentos traídos del Viejo Mundo, muy popular entre los pueblos indígenas andinos). Dicho sea de paso, en Ayacucho también se toca la “chirisuya”.
En la Comunidad de San Pedro de Casta, provincia de Huarochirí, Departamento de Lima, ubicada en las alturas de la quebrada del río Chaclla o Santa Eulalia, a los pies de la Meseta de Markawasi, la "chirisuya" es un instrumento indispensable en la celebración de la “Fiesta del Agua” o “Champería”, así como los “Carnavales” y el “Año Nuevo”, en la época de lluvias y el Techado de Casa”, cuando, precisamente, se termina el techo que protege una edificación de las lluvias. Asimismo, en San Pedro de Casta y en todas las comunidades de la quebrada, en donde se celebran las mismas fiestas, es conocida la leyenda de que los “chirisuyeros” son “medio brujos” y de la rivalidad entre ellos y se realizan los mismos rituales para “curar” y proteger el instrumento.
Así se fue produciendo el proceso de “andinización” de la “chirimía” española. En lo formal, se pasó al uso de lengüetas de pluma de cóndor en vez de caña, en lo simbólico y religioso, al culto al agua = religión “inca”, en vez de procesión = religión católica y en lo político, de ser un instrumento satanizado y prohibido en los ritos católicos por ser de origen morisco a ser adoptado por los cultos de origen prehispánico. Pero, finalmente, hubo un cambio más: el instrumento pasó de llamarse “chirimía” a "chirisuya" (no “mía” sino “suya”), sobre lo cual hay bromas populares que dicen que así si a un músico se le acusaba de brujo por andar con el instrumento, él podía decir “no es una “chirimía”, no es “mía”, es una "chirisuya", es “suya”.

PISTAS DE INVESTIGACIÓN

Son muchas las interesantes e importantes pistas de investigación que nos sugiere la "chirisuya" andina. Yo tengo algunos avances en relación con aspectos musicológicos, como su clasificación organológica, su morfología, sus técnicas de ejecución, su fabricación, materiales, su música, transcripciones y grabaciones, escalas musicales, patrones rítmicos, sonoridad, ornamentación, peculiaridades en su interpretación, presencia improvisación, simbolismo “mágico-religioso”, etc. Asimismo, en relación con su historia, su función social y ritual, el simbolismo y la literatura oral, leyendas y mitos asociados con el instrumento y otros aspectos. Pero falta estudiar muchas cosas. Mis propias investigaciones no son exhaustivas ni concluyentes. Hay mucho más.

PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Pero la investigación es deseable que no se quede solo en los círculos de los especialistas o los académicos sino que, más bien, se proyecte a la sociedad y al futuro, a través de la educación y la transmisión de la herencia cultural estudiada a las nuevas generaciones. La música andina debería ser enseñada en nuestras escuelas, debería tener una presencia relevante en los medios de comunicación, debería ser reconocida y difundida como imagen misma de nuestra identidad como país y como aporte a la diversidad en el mundo moderno.
Pero no solo es la total falta de voluntad política la que hace que eso no sea así. Todavía hay otros aspectos que deberíamos tener en cuenta. No tenemos un acuerdo sobre sus posibilidades de escritura, no conocemos sus aspectos musicológicos, no la entendemos todavía como un verdadero lenguaje musical con sus propias particularidades, su propia estética, como un lenguaje digno de ser estudiado y sistematizado con seriedad y con una metodología científica. Pero, además, no hemos resuelto el llamado “trauma de la conquista”, lo cual no nos permite liberarnos de los extremos de, por un lado, el desprecio y el rechazo total a lo indígena y, por otro lado, la idealización romántica y “mágico-religiosa” de todo lo supuestamente “andino” o “inca”.
En relación con este último punto, considero que el estudio y la valoración de un instrumento musical tan interesante como la "chirisuya", junto con la música tocada con ella, nos plantea un cuestionamiento: Una vez hechas y, esperemos que, publicadas las investigaciones correspondientes, en los aspectos musicológicos, sociales, históricos, etc. ¿Cómo enseñaremos en las escuelas, en nuestros hogares, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, esta historia? ¿Es la “chirisuya” un instrumento “inca” o morisco? ¿O las dos cosas? ¿O ninguna de las dos? ¿Cómo les enseñaremos a distinguir entre la fe en la mitología andina y la historia como ciencia universal? ¿Cuáles son los límites entre las creencias y las evidencias? ¿Entre el llamado pensamiento “mágico-religioso” y el pensamiento racional? ¿Cuál es la mejor estrategia de “resistencia cultural” en este momento para los pueblos indígenas, lamentablemente, hasta hoy no reconocidos en sus derechos territoriales ni patrimoniales ni en sus aportes culturales hacia un mejor paradigma de relación entre la humanidad y la naturaleza para el mundo moderno? ¿Promover un pensamiento exclusivamente “mágico-religioso” en las nuevas generaciones para volver a un “pasado glorioso” idealizado después del trauma de la invasión europea? ¿Integrar la mitología en la enseñanza en las escuelas? ¿Cómo? ¿Con la conciencia de que se trata de mitología y de sus motivaciones? ¿O como una realidad entendida al pie de la letra? ¿Se aprenderá la “chirisuya” solo como tradición oral, solo “de oído” o por medio de la escritura musical? ¿O ambas cosas? ¿Y qué tipo de escritura musical? ¿La convencional? ¿Alguna propuesta nueva?
Considero que es urgente e indispensable responder a estas preguntas, así como enfrentar y vencer el trauma colonial no resuelto, por ambos lados, los supuestos “vencedores” (que no lo son) y los supuestos “vencidos” (que tampoco lo son), sin apasionamientos ni “leyendas rosas” ni “leyendas negras”, creativamente, en el presente, con madurez, con objetividad. Solo así podremos, por fin, dar a la “chirisuya”, así como a los instrumentos musicales andinos y amazónicos y a la “música andina y amazónica”, el lugar que se merecen como aporte para el futuro que nuestros hijos y la humanidad esperan de nosotros.
Lima, febrero de 2017

GALERÍA DE FOTOS


Con el Maestro “Chirisuyero” Don Crisanto González, el popular “Cóndor de Karwashayku”

En “Kuway”, alistando la embocadura de la “chirisuya”. Abajo, a la derecha, con sombrero marrón y camisa crema, sonriendo, Don Crisanto González.

Observando a los jinetes en “Kuway”, con la “chirisuya en una mano y con la otra abrazando a Don Crisanto González.

Practicando con la “chirisuya” en la casa de mi añorado compadre Don Graciano Jiménez, Don “Shano”. Atrás, su hijo, el popular “Chiwanku”.

Acompañando con la “chirisuya” la “Walina” (canción del culto al agua) de la “Parada de Yanapaqcha”

Tocando la “chirisuya” para los “Funcionarios” (autoridades de la comunidad) mientras recorren el pueblo durante uno de los ocho días de la “Champería” o “Fiesta del Agua”
Fotos: José Antonio Núñez
“Chirisuya” confeccionada con madera de “pati” (especie nativa) y con embocadura de pluma de cóndor, por Don Jorge Salinas, el popular “Papito”, “chirisuyero” de San Pedro de Casta.
Colección: Museo Taki de Arturo “Kike” Pinto / Foto: Amaru Pinto Monrroy

“Chirimía” (España)

“Zurna” (Turquía)

“Címbalos” de origen morisco

“Tijeras” de la “Danza de las Tijeras” de Ayacucho.

Fotos: Imágenes de Google